Preparando el cuerpo

Todo empieza en Kolda, la ciudad más calurosa que he conocido en mi vida…

Llevamos un mes en Senegal y sentimos que ya es hora de cambiar de país. Hemos sacrificado algunos de los lugares más turísticos de la región de la Casamance, en el sur, y hemos visitado otros un poco más escondidos. Ahora nos dirigimos hacia el interior del país. Senegal limita al este con Malí y al sur con las dos guineas, Guinea Bissau (suroeste) y Guinea Conakry (sureste). La ruta habitual de los viajeros por África occidental atraviesa Senegal en dirección a Malí, Burkina Faso y luego gira hacia el sur, dirección Ghana, donde la mayoría concluye su aventura. Otros visitan los vecinos Togo y Benín, y los menos continúan hacia Nigeria, para dirigirse al sur del continente. Ésto es importante a la hora de entender por qué hemos tomado la ruta más incómoda y peor comunicada.

El golpe de estado en Malí nos cerró la ruta habitual de viajeros, así que tuvimos que decidir entre volar (como hicieron la mayoría de los pocos viajeros que hemos encontrado en estos meses) o recalcular la ruta terrestre y dirigirnos a los países costeros, ésto es Guinea, Sierra Leona, Costa de Marfil, para llegar a Ghana. La mejor carretera para entrar en Guinea Conakry entra por el oeste del país, por lo que desde Senegal hay que bajar a Guinea Bissau y de ahí ir hacia el este, hacia la ciudad de Labé, en Guinea Conakry. Entiendo que tanta Guinea puede ser un lío si no se tiene un mapa delante. La noche antes de ir a solicitar el visado para Bissau, un golpe interrumpió el proceso electoral en el que se encontraba inmerso el país, sumiéndolo en una crisis política y complicando aún más la vida de los guineanos. De este modo, el único paso terrestre para proseguir la ruta consiste en un corredor formado entre los dos países desestabilizados. Nos dirigimos hacia Kolda, con la idea de llegar a Diaoubé y alcanzar la frontera de Koundara, para después proseguir hasta la ciudad de Labé. Unos 500 km que recorremos en dos jornadas agotadoras.

Los taxis sept-place, siete plazas en francés, duplican el número de pasajeros cuando van a entrar en Guinea. Así catorce personas nos apiñamos dentro del vehículo, que es el único medio de transporte público que recorre la pista de tierra roja hacia Koundara primero, hacia Labé después. A lo largo del camino encontramos puestos de policía cada 20 o 30 kilómetros, lo que quiere decir que no es difícil encontrar unos diez puestos al dia  . Son puestos cuyo fin resulta bastante evidente: colocan una barrera de piedras, una fogata o una cuerda con jirones de ropa ante los cuales los conductores paran, pagan y continúan su camino. Es tal la aceptación por parte de la población de esas extorsiones que los chóferes incluyen en el precio del billete un porcentaje para hacer frente a los pagos que les exige la policía y el ejército. El precio por pasar cada control oscila entre los cinco mil y los quince mil francos, de algo menos de un euro a casi dos dependiendo del humor del oficial, y llega a multiplicarse por diez en el caso de las aduanas. Son los conductores los encargados de realizar el pago para agilizar el procedimiento y asegurarse de que todos y cada uno de los coches que recorren el camino hagan su contribución a las fuerzas de seguridad del estado. Pero a veces, la visión de dos turistas es demasiado golosa y despierta la avaricia de los uniformados que sueñan con encontrar alguna irregularidad en la documentación del extranjero y poder exigir sumas desorbitadas a cambio de hacer la vista gorda. Todo se arregla con dinero. Con mucho dinero.

Hemos salido airosos de todos los controles que hemos encontrado en el camino sin tener que pagar nada más que el ticket de transporte, pero uno de los peajes se merece que le dedique unas líneas.

Calor, polvo, incomodidad y puesto de control, nada nuevo. Oscar y yo viajamos en un lugar privilegiado del vehículo: vamos sentados en el asiento del copiloto y sobre el freno de mano durante doce horas. Tenemos suerte de que no hayan metido a otra persona. Lo habitual son tres pasajeros y el conductor en los dos asientos de adelante, donde más corre el aire pero más pega el sol. Paramos.” Bajen del coche, pasaportes”. El policía de más rango (suponemos, porque a veces no llevan más uniforme que la gorra, y en este caso todos llevan la misma casaca militar) revisa nuestros documentos durante unos diez minutos esperando a que le demos algo a cambio de agilizar el proceso. Ni sospecha la paciencia que tenemos.” Cartilla de vacunación”. Le damos la de la fiebre amarilla, la de vacunación del viajero y hasta la cartilla de vacunas que nos rellenaban en el colegio. Se le huele la irritación. Pero se sonríe: la cartilla de la fiebre amarilla pone que me he vacunado en 2007 y no pone fecha de expiración. Está seguro de que me ha pillado, pero le ataco directo al orgullo: “cualquier autoridad sabe que tiene una validez de diez años. Lo puede comprobar en cualquier comisaría, embajada u hospital”. “Pero debe aparecer escrito”, me replica. “No”, le contesto. Y añado “yo soy enfermera y le aseguro que no hay que escribirlo”. Y entonces se le ilumina y la cara y me espeta sin parpadear: “¡Los papeles de enfermera!”. Juro por mi madre que si no llego a estar a cinco mil kilómetros de mi casa le hubiera soltado una carcajada en plena cara, pero eso supone complicar la situacion y me aguanté. “Mi visado es de turista, no de trabajador, por lo tanto no tengo que justificarlo”. Touché! Eso ha dolido. Intenta ganar tiempo buscando la profesión en el pasaporte, y asegura que en el pasaporte guineano es obligatorio que venga detallado. Yo le explico que en los pasaportes pertenecientes al estado español (para que no se le olvide que nosotros tenemos la obligación de custodiarlos, pero que su propietario legal es el estado) no aparece la profesión. Silencio. Y entonces juega su última baza: “seguro médico”. El seguro médico no es necesario para entrar en territorio guineano y, en caso de serlo, ha de ser la embajada que expide el visado la que lo solicite como requisito. Yo ésto lo sabía pero también sabía que íbamos a entrar en una lucha sin fin en francés que podía perder así que, como sí que tenemos seguro medico de viaje, me da un subidón que se me refleja en la cara al contestar sin vacilar: “¡lo tengo en la mochila!”.  Lo malo es que la mochila está debajo de un sinfín de bolsas y cajas sobre el techo del coche, atada con cuerdas y cubierta con una red. El conductor y el resto de pasajeros protestan, pero no a nosotros, si no al policía, porque no quieren perder más tiempo y el chófer ya ha pagado lo habitual nada más llegar al control. Finjo que empiezo a desatar las cuerdas. El policía nos empieza pedir dinero directamente. El conductor se pone a discutir con el policía. El policía se pone chulo y empieza a gritar cuando, detrás de nuestro coche, aparece otro sept-place cargado hasta la bandera y, al frenar a un metro de nosotros, se oye un golpe primero seguido de una explosión y de repente, una llama de un metro de altura sale del motor.

A partir de ahí, todo ocurre muy rápido. Cunde el pánico y la gente intenta escapar de los coches. Se golpean, se atascan y gritan. Nos separamos del policía (que aún tiene los pasaportes en la mano mientras grita algo ininteligible para nosotros), Oscar saca a los niños del coche mientras yo busco el extintor en el asiento del conductor. En Senegal todos los coches llevan un mini-extintor, en Guinea, pude comprobar que no. Uno de los ocupantes del coche en llamas empieza a tirar arena sobre el fuego, así que ante los gritos de “ven aquí” de Oscar, me separo. Si explota el coche es un muy mal sitio para que te pille en medio. Apagan el fuego. Nos acercamos rápidamente al policía aprovechando que ahora tiene cosas más importantes de las que preocuparse que nosotros. En medio de la confusión nos da los pasaportes y, una vez que los tenemos en la mano, nos vamos separando discretamente de él y nos metemos al coche. El conductor entiende la jugada y arranca rápidamente.

Seguimos hacia Labé. Pasamos más controles antes de llegar a la ciudad, aunque no tan emocionantes.

En los dos últimos días hemos comido solo dos veces, el cansancio y el calor se suman al acumulado durante la semana anterior. La situación es propicia para lo que va a ocurrir al día siguiente.

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