La fiebre

Llegamos a la estación de taxis de Labé cuando las linternas ya llevaban varias horas funcionando. No hay luz en las calles de esta apartada capital de provincia y el centro de la ciudad está a diez kilómetros de la gare routiere, así que en lugar de caminar en la oscuridad durante más de una hora, cogemos dos taxi-motos para que nos llevasen a un hotel en el que pasar la noche. Normalmente no conocemos el nombre de ningún alojamiento y nos pateamos los pueblos y ciudades en busca de una cama, pero el destino quiso que apuntara un nombre en mi agenda para evitarnos dar explicaciones a la hora de tramitar los visados. Apuntarse la dirección de un hotel de cada ciudad principal de la ruta demuestra a los funcionarios de la embajada de que somos turistas al uso, y nos ahorramos suspicacias.

Convencí a Oscar para que nos llevasen directamente al Safatou, un hotel de esos que fueron y ya no son, pero que cobran como si todavía fueran. Al menos para un país como Guinea, porque al cambio nos sale unos 18 euros la doble. Estaba muy por encima de nuestro presupuesto pero insistí a Oscar en que nos quedásemos. Era tarde y estábamos agotados. Además, frente al hotel había un puesto de carretera en el que una mujer de Sierra Leona preparaba unas ensaladas deliciosas y, a esas horas,  no resulta fácil encontrar un sitio donde comer.

La cama era cómoda y acordamos quedarnos en Labé un par de días para reponernos. Al día siguiente decidiríamos si nos quedábamos o no en ese hotel una noche más.

El jueves me levanté tarde. Eran las diez y pico de la mañana y me pesaba el cuerpo como si hubiese corrido una maratón el día anterior. Fuimos a desayunar al puesto donde habíamos cenado pero me tuve que volver al hotel porque estaba muy mareada. Me tiré sobre la cama y una hora después empezaron los vómitos y la diarrea. Pensé que lo malo no es pillar una gastroenteritis, lo malo es que te pille en un autobús, en un camping o un albergue sin agua corriente. Me preparé una botella de agua con suero y mientras mi cuerpo se empeñaba en deshidratarse, yo, con mucha paciencia, me esmeraba en rehidratarlo. La tarea resulta complicada cuando se superan los 35ºC. Poco después del mediodía me empezó a subir la fiebre. A esas alturas ya había empezado a tomar antidiarreicos pero no me estaban haciendo mucho efecto. Sobre las cinco de la tarde empezaron las tiritonas. No eran los típicos escalofríos de una gripe con fiebre, eran movimientos incontrolables primero de las extremidades, luego de todo el cuerpo. La evolución de la fiebre me hizo pensar en un ataque de malaria así que le pedí a Oscar que llamase al seguro para que nos buscasen un hospital por la zona.

A partir de ese momento todo son complicaciones. En Guinea Orange tiene el monopolio de la telefonía móvil y mi teléfono no funciona, por lo que para poder llamar dependíamos del móvil de uno de los empleados del hotel. Pero en un país en el que cada uno tiene sus propios y serios problemas, unos extranjeros en apuros son una buena fuente de ingresos extras. En cada llamada teníamos que recargar el teléfono del muchacho, y el número de tarjetas de recarga de las tiendas cercanas es muy limitado. Por supuesto que pensamos en comprar una tarjeta de teléfono propia, pero en los pocos lugares donde las distribuyen, solo te las venden si eres residente en el país y tienes que llevar un documento para demostrarlo. Y nadie la compra en tu nombre, porque entonces se les acabaría el negocio.

Contactamos con el seguro y el operador se puso en contacto con un médico en España, el cual, debido a los síntomas, ordenó la evacuación inmediata a la capital del país, Conakry, pero para poder llevarla a cabo necesitaban la ayuda de un enlace de logística en Guinea. Y el enlace no respondía al teléfono, así que lo contactaron vía e mail. Como el tiempo pasaba y yo me encontraba cada vez peor decidimos ir al hospital provincial de Labé. Tengo que hacer un paréntesis para explicar que en nuestro hotel se alojaban una docena de médicos, africanos y europeos,especialistas en medicina interna, cirugía… y que estaban invitados a un congreso sobre VIH en la ciudad. Les pedimos ayuda y todos ellos se escaquearon con mejores o peores modales. Tampoco había taxis cerca del hotel y nadie conocía el número de ningún taxista (obvio que no existe una centralita, lo único que funciona es que tu primo o un amigo tenga un coche y ganas de hacer el servicio) y ver la fila de todoterrenos relucientes de los doctores aparcados en la entrada del hotel resultaba frustrante. A  base de insistir e insistir un amigo de uno de los empleados vio la posibilidad de negocio y decidió acompañarnos al hospital en su coche. Con ésto no estoy poniendo en duda la humanidad de los habitantes de Labé, si no que intento ir un poco más allá. Esas personas se encuentran cada día con situaciones de ese tipo que no tienen ninguna salida. Nosotros tenemos un seguro, algo de dinero en la cuenta, incluso la posibilidad de que nos saquen del país. Tenemos recursos y por eso nos desesperamos al no tener los medios para activarlos. Ellos, simplemente no están acostumbrados a tener opciones y por eso se resignan y asumen que los demás también deben hacerlo. Si estás enfermo, que tu familia se haga cargo. Si el hospital no tiene medios para curarte, entonces dependes de tu suerte. No eres especial, no hay ningún motivo para correr a salvar tu vida si normalmente no se puede salvar la suya. Y en la sanidad privada, el habitat de aquellos congresistas, solo importa el dinero.

El hospital de Labé es la referencia en cuestiones de salud para casi un millón de personas, aunque el edificio no es mucho mayor que un ambulatorio del centro de Barcelona. Cuando llegamos no había electricidad y la luz de las linternas del personal bailaba de las salas de espera a las consultas. En la recepción la enfermera más veterana revisaba unos papeles a la luz de una vela. Al verme, se levantó de un salto y tres muchachas de apenas veinte años me agarraron por los brazos y la cintura y me llevaron a una pequeña estancia con tres camas. Me tumbaron sobre un colchón negro, de plástico, sin sábana, al lado de la ventana. Había dos camas más. A la izquierda un hombre yacía inmóvil conectado a un suero amarillento, supongo que cargado con antibióticos, mientras que la mujer que lo acompañaba lo miraba sin expresión en la cara. Pude verlo porque yo también llevaba una linterna. Más allá, una familia se turnaba para acunar en los brazos a un bebé al que le colgaban los brazos y los piernas hacia los lados. No lloraba. No se movía. En la sala de espera se apiñaban mujeres y niños sin protestar por la larga espera.

Me rodearon las enfermeras, y una de ellas me tomó la tensión. El único termómetro del hospital era el que yo llevaba en el botiquín. Comentaron algo de los temblores y solo entonces me di cuenta de que estaba saltando en la cama. Nuestro cuerpo es algo increíble. Me dolía todo, las articulaciones, la espalda, la cabeza me explotaba. Me dolía hasta tal punto que dejó de dolerme. Me sentía fuera de la escena. Veía a Oscar, a las enfermeras llamando al médico, al conductor que nos trajo al hospital, pero solo conseguía concentrarme en la silueta de la mujer que miraba sin expresión al hombre conectado al suero. Su figura se recortaba al contraluz de una linterna. Era joven. La imagen era hermosa y tristísima al mismo tiempo.

Unos minutos después todo el mundo se había ido y la jefa de enfermería ordenó a una de las chiquillas quedarse conmigo para vigilarme. Se llamaba Marie y no paraba de enviar mensajes desde el teléfono. Yo estaba al final de una de las tiritonas, y los saltitos en la cama se espaciaban cada vez más. Cuando volvían los temblores, Marie me miraba fugazmente y seguía con sus mensajes. Tras un tembleque de ese calibre te desmoronas. Sentía que con cada subida de la fiebre, mis fuerzas bajaban un escalón. Así que entre pico y pico bebía todo lo que podía. Llevaba horas sin orinar, solo sudando, vomitando. Solo pensaba en beber para no deshidratarme completamente. Me incorporé con esfuerzo y me senté sobre la cama. Marie me miró y siguió a lo suyo. Llamé a Oscar. Marie me dijo que había ido a buscar al médico. Días después Oscar me contó su versión de aquella noche. Cuando salieron del hospital, fueron a buscar al médico a su casa. Estaba durmiendo, porque, por lo visto, no estaba de guardia. Las enfermeras se encargan de que el hospital funcione y cuando necesitan al médico durante la noche, los familiares tienen que ir a buscarlo directamente a casa. Montaron en el coche, pero no arrancaba, así que a Oscar le tocó empujar. La mayor preocupación de Oscar era haberme dejado sola en aquel hospital y estaba intranquilo porque le habían obligado a llevar consigo mi botiquín en lugar de dejármelo a mí.

Llegó el médico que, afortunadamente, hablaba inglés.  Le conté lo que me había pasado, el hormigueo en manos y pies, lo que había tomado y me dijo que sin duda, era malaria complicada con gastroenteritis. Me lo dijo tan seguro que a mí tampoco me quedó ninguna duda. Luego se fue y le pidió a Oscar que le acompañara. Me quedé sola pensando en el tratamiento con quinina que me tenían que poner, y entonces me entraron las dudas. Me había diagnosticado solo por la clínica sin ni siquiera hacerme un test rápido, y pensé que si era malaria y el tratamiento me sentaba mal o las cosas se complicaban, o que si no era malaria, estaba a casi 600km de la capital. Me entró miedo y le pedí al médico que me dejase irme, que me tomaría el malarone que había traído de España (un tratamiento en pastillas recomendado ante sospecha de malaria, en caso de estar lejos de un hospital adecuado) y que me iría lo más rápido posible a Conakry. El médico accedió a regañadientes y me dio su teléfono por si le necesitaba, y nos fuimos al hotel otra vez.

Contactamos al seguro y nos dijeron que era imposible hacer el traslado esa noche, por logística y por seguridad, así que me tomé las pastillas y pasamos la noche en Labé. Una noche eterna.

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Categorías: Uncategorized | 1 comentario

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Un pensamiento en “La fiebre

  1. Hasier

    Pobre no me puedo imaginar lo que realmente pasasteis durante esa noche, sufrimiento, incertidumbre, miedo, todo junto….
    En cambio al leer este post también me doy cuenta de lo afortunados que somos por donde hemos nacido y las opciones que tenemos…
    Un abrazo a los dos y nos vemos pronto eee!

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