La fiebre (segunda parte)

Eran las siete de la mañana cuando la fiebre empezó a darme un respiro. Me quedé tumbada a los pies de la cama mientras Oscar, que había pasado la noche despierto, se encargaba de agilizar el traslado. A las ocho de la mañana ya eran las diez en España, y nadie nos había llamado todavía a pesar de que prometieron hacerlo a primera hora. Les llamamos nosotros. El traslado era imposible. No habían encontrado la manera de sacarnos de Labé y nosotros no nos lo podíamos creer. La operadora nos propuso que buscásemos algo por nuestra cuenta porque una ambulancia desde Conakry tardaría todo el día en llegar (si es que la conseguían) y no podríamos salir hasta la mañana siguiente. Oscar decidió buscar un taxi.

Los empleados del hotel llevaban un rato ya en la recepción y se ofrecieron a ayudarnos: nos conseguirían una moto-taxi para llegar a la estación de taxis y allí esperaríamos pacientemente a que algún coche se llenara con diez personas más. Luego, partiríamos hacia Conakry. Obviamente Oscar rechazó la propuesta. Necesitábamos un coche que saliera inmediatamente, en el que pudiéramos ir solo nosotros y que hiciera la ruta directa a Conakry. Puede parecer una exageración, pero conseguir un taxi privado a veces es complicadísimo. A base de soltar dinero, conseguimos el taxi. Oscar estaba muy preocupado por la seguridad durante el trayecto. No quería que explotase el motor o que tuviéramos un accidente por el camino. Tras una hora de espera llegó el taxi, que parecía bastante normal, y salimos rumbo a la capital.

El taxista nos cobró 100 euros por recorrer cerca de 600km, gasolina aparte. No sé cuántas veces paró por el camino. No es habitual llevar un millón de francos en el bolsillo y el hombre estaba exultante. Compraba fruta, bebidas, repartía dinero a los niños de la calle,… la situación era surrealista. Oscar le apuraba para que no se entretuviera, cuando el taxista decidió parar a comer. No pensaba conducir ni un kilómetro más sin parar antes a almorzar. Accedimos, qué remedio! y le esperamos en el coche. Yo iba tumbada en los asientos de atrás, agotada, con tiritonas esporádicas. Hacia muchísimo calor. El aire era espeso, cargado de polvo. De vez en cuando me incorporaba para cambiar de postura o para que se me secase la ropa completamente empapada en sudor y veía el pueblo, exactamente igual a los anteriores, repleto de niños y vacío de oportunidades. Las vendedoras de fruta metían la cabeza por la ventanilla del coche parado y me miraban durante un rato antes de ofrecerme unos mangos o unos plátanos. No les respondía, no tenía fuerza para contestarles a todas.  Era uno de esos lugares demasiado grande para ser un pueblo pero que no goza de las ventajas de la ciudad. Y yo no conseguía sacarle el lado positivo.

Volvió el conductor y arrancamos, esta vez ya no habría más interrupciones en el camino. A la media hora, rodeados de montañas totalmente deforestadas, reventó una rueda. La dirección tembló y el coche cambió de carril. Paramos en el arcén contrario a cambiar la rueda. Yo salí del vehículo y me senté en una piedra, tratando de protegerme del sol de las tres de la tarde bajo un arbolito, mientras el conductor, Oscar y dos curiosos que vivían por la zona paraban a los coches en la carretera para conseguir un gato con el que cambiar la rueda. Nuestro gato estaba roto, y menos mal que llevábamos rueda de repuesto. Cambiada la rueda, el taxista pagó a los dos colaboradores y seguimos hacia nuestro destino. Varios controles de policía después (en los que la actitud del conductor cambiaba por completo y se ponía a gritar que era urgentísimo llevarme al hospital) y tras casi empotrarnos tres veces contra dos coches y una mediana, llegamos a la periferia de Conakry.

En ese momento el taxista debió hacer el cálculo de lo que se había gastado en sus compras y decidió recuperar parte del dinero. Con voz decidida y sin dudarlo ni un minuto nos espetó lo que llevaba rumiando durante todo el rato que había estado callado. “Os voy a dejar aquí, a las afueras de la ciudad. Si queréis que os lleve hasta la clínica vais a tener que pagarme la gasolina del viaje de vuelta”.

Dice Oscar que antes de que fuese capaz de empezar una discusión, aparecí de la parte de atrás, desgreñada y con la expresión de la niña del exorcista. Gracias a que mi nivel de francés no me llega para escupir amenazas ni proferir insultos porque en ese momento se me cruzó de todo por la mente. Ni que decir tengo que nos llevó a la clínica, que no le pagamos ni un céntimo más y que llamó por teléfono tres veces al médico (con las tarjetas que nosotros habíamos comprado antes de salir) para que le indicase cómo parar justo delante de la puerta. Cuando nos bajamos del coche, le dimos la mano y le dimos las gracias, porque, a pesar de todo, intentamos no perder la educación en ningún momento.

Aunque yo la perdí en dos y hasta en tres situaciones dentro de la clínica. Cuando llegamos fue un alivio. Me colocaron en la única habitación con aire acondicionado (las otras dos tenían ventilador) y me tumbaron vestida en una cama. El doctor, un francés que llevaba 35 años trabajando en Guinea, conocía los miedos de un europeo y me enseñó las agujas cerradas y estériles antes de pincharme para hacerme la prueba rápida de la malaria, que resultó negativa. Entró la enfermera y me cogió una vía en la mano izquierda para ponerme un suero, y mientras respondía a las preguntas del médico noté un fuerte calor en el brazo y la cabeza, un mareo y se me nubló la vista. Cuando por fin pude hablar le pregunté, nerviosa, qué me había puesto. “No te preocupes, es el calcio”. ¡Me habían puesto una ampolla de calcio directamente, sin diluir! Cuando se lo he contado a otras enfermeras y médicos, todos han hecho una mueca de espanto. El gluconato cálcico administrado directamente puede provocar una parada cardíaca, además de otros daños como flebitis, necrosis tisular… además del calcio, me pusieron el antibiótico y el nolotil en bolo, lo que me bajó aún más la tensión y me inflamó la mano dejando la vía inservible.

Cada vez que se me acercaba una enfermera la discusión terminaba en lloros por mi parte. Me frustraba la barrera lingüística y me sentía débil para pelearme cuando no estaba de acuerdo con su manera de hacer las cosas. Necesité cinco minutos de lágrimas y varios gritos para que no me conectaran el suero sin purgar, es decir, que no me metieran toda el aire de la línea del equipo de suero.

La luz se iba un par de veces cada hora, lo que terminó estropeando el aire acondicionado de la habitación. Por las noches me volvían los vómitos y la diarrea, acompañados de fuertes bajadas de tensión. El médico de guardia, que no era el que nos había recibido me recomendó que bebiera zumo de frutas. Le dije que aquello no era bueno para la diarrea y que estaba vomitando hasta el agua. Como no se lo creía tuve que beber delante de él, y cuando me vio vomitar, me dio las buenas noches y se marchó a dormir. En todas partes hay buenos y malos profesionales. El médico que me vio en Labé, por ejemplo, me pareció un buen médico que no disponía de ningún medio, y que había desarrollado un buen ojo clínico a falta de poder realizar pruebas complementarias. Puede que no acertase (creo) con el diagnóstico de malaria pero la clínica era bastante evidente. En aquella situación es preferible prescribir un tratamiento contra malaria y equivocarse, que no hacerlo y que sea malaria. El médico que me dejó colgada aquella noche en Conakry no me causó la misma impresión que su colega de provincias.

Durante los cuatro días de ingresó tuvimos que librar otra batalla aún más ridícula, la del seguro. Los operadores de los primeros días fueron sustituidos por otros durante el fin de semana. Hasta que por fin, una de ellas decidió que nuestra poliza no cubría la repatriación a pesar de que el médico francés discutió con ella varias veces. No quiso facilitarnos el nombre del médico que no autorizaba el regreso a España, y empiezo a dudar de que tuviera esa orden. A nuestro regreso puse una reclamación y en la oficina de Ocaso de mi ciudad me aseguraron que nuestro caso lo habían tramitado desde un call center y que en la aseguradora no habían recibido notificación alguna de la incidencia. ¿A quién creer?

Lo único que quedó claro es que el enlace de la aseguradora se desentendió de todas sus funciones y cuando decidimos marcharnos por la insistente orden médica, el representante del seguro no nos ayudó siquiera a buscar los billetes de avión a sabiendas de que las agencias de viaje no aceptan tarjetas de crédito y que los cajeros solo permiten sacar un equivalente a veinte euros cada vez. La respuesta de este encargado de logística fue “tendréis que sacar del cajero unas 50 u 80 veces”. El médico nos reembolsó los 150 euros del traslado desde Labé de su propio dinero temiendo que nadie nos lo devolviera. Él, según nos contó, podía sumarlos a la cuenta de la clínica y así se aseguraba el pago.

Conseguimos salir del hospital, comprar los billetes por internet y hacer un viaje muy muy largo con escala en Casablanca y Madrid antes de llegar a casa, a León. Tuvimos muchas más dificultades de las que cuento en este post pero a toro pasado, revivirlo solo produce cansancio.

Ahora llevo diez días en mi casa, reponiéndome, engordando, y disfrutando de mi gente. Aún no está claro qué fue lo que me pasó. En el hospital me han hecho pruebas para descartar la malaria (poco probable), cólera (probabilidad media por haber una epidemia en Guinea), o salmonelosis (muy probable, creo yo). Y aunque estoy muy contenta de estar de vuelta después de esa experiencia, resultó muy difícil tomar la decisión de abandonar el viaje.

Supongo que ya estoy mucho mejor, porque no dejo de mirar el mapa que hay encima de mi cama. Y porque no he podido contener el impulso de comprar un billete de tren a Madrid para hoy, víspera del 12M.

Muchas gracias a todos por el apoyo, y aunque estos dos últimos post no lo demuestren, estos cuatro meses de ruta han sido maravillosos. Duros pero maravillosos!

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