Jaira Family

La cerca está construida a base de caña y palma, y varias piedras y trozos de neumático sirven para reforzar su base. Tiene dos entradas, sin puerta, y una altura de no más de 80cm que evidencia una función más delimitadora que defensiva. Sin embargo, este pequeño recinto es probablemente uno de los espacios más seguros de todo Senegal. Es la Maison des Artistes, una de las cientos que existen a lo largo de la costa del país y que funcionan como local de ensayo de músicos, punto de encuentro de amigos y despacho de artesanías locales. Nuestra Maison es, además, un lugar de culto ya que pertenece a una pequeña comunidad Baye Fall.

Para un europeo definir a un Baye Fall o Bayfal no es sencillo. A primera vista parecen musulmanes negros rastafaris, artistas y vividores, de muy buen talante y con muy poca prisa. Y esa es la imagen que suele llevarse el turista poco afortunado. Los bayfales son musulmanes cercanos al sufismo que entremezclan las costumbres y los rituales tradicionales del oeste africano. Y por eso son, inevitablemente, artistas.

La caseta tiene un techo de caña que protege del sol durante la estación seca y de la lluvia durante la húmeda, y tiene por suelo la fina arena de la playa. De los postes de madera y de la cerca cuelgan atillos de conchas blancas atadas con hilo rojo y rafia, sonajeros marinos junto a plumas de pájaro, troncos retorcidos y estampas de marabúes, guías espirituales, mediadores vivientes entre Alá y sus fieles. Nuestro chiringuito está abarrotado de amuletos, cantos y oraciones protectoras. Por eso nos ofrecen plantar dentro la tienda de campaña. Nadie se atrevería a entrar en mitad de la noche, nadie nos robaría o nos haría daño estando allí dentro. En realidad, el pueblo es seguro. Pero la noche es traicionera. Y más en África. No tanto por amenazas reales, sino por el miedo al miedo. En nuestro camino encontramos un concepto olvidado en las ciudades europeas: la noche oscura. La noche sin luz, sin un candil. Sin farolas ni ventanas iluminadas. Solo negrura y calor que te encierran en un cofre del que solamente el sol tiene la llave. Por más que lo desees, por angustiosa que pueda resultar la claustrofobia, no hay manera de romper la noche. Ni siquiera tras un mal sueño. Solo el gemido de la dínamo como anticipo de la tenue luz de una linterna.

La oscuridad también tiene sus ventajas pues es el único momento del día en el que se puede pasar desapercibido. El resto del tiempo uno es escandalosamente blanco. La noche al menos concede un respiro. Ya no hay niños señalándote con su dedito gritando “¡toubab!” (¡blanco!) y dejas de sentirte un forastero.

Pasamos una semana acampados en nuestra maison, iluminados por una luna llena a reventar que derrama blancura sobre el mar. Las noches cerca del agua son más frescas y la brisa barre a los mosquitos.

Cada mañana nos despierta el mismo muchacho con su ritual de ejercicios en la playa. Una rutina de entrenamiento que le ha hecho ganarse el apodo de El Cangrejo por sus carreras y saltos siempre de espaldas. Recogemos la tienda y las mochilas entre saludos y apretones de manos, cargamos nuestras cosas y vamos a ver a nuestros amigos.

Se podría decir que Jaira Family es un proyecto artístico aunque en realidad funcione como una familia, solo que los lazos son de música y no de sangre. Mame Cheik es el djembefola del grupo, el tambor principal, el primer violín de la orquesta. Es a su vez una especie de hermano mayor del grupo, respetado porque respeta, unido mediante una ceremonia a su compañera Mame Diarra. En el grupo todos son artistas. En el grupo todos son pobres.

Mame Cheik nos invita una noche a acompañarles a un espectáculo. Tocan en un hotel francés de cinco estrellas al que los músicos y bailarines llegan en una furgoneta blanca un tanto destartalada, llena hasta los topes de instrumentos y personas. Es un día especial porque Mame Cheik estrena un traje para el evento, un regalo de su compañera. Los demás se enfundan los uniformes del grupo creados por uno de los percusionistas que es, además, modisto.

La sala de eventos de hotel se asemeja al de salón de actos de una escuela. Las sillas están dispuestas frente a un escenario donde es imposible que quepan todos los músicos. Mientras el público se acomoda, las bailarinas miran nerviosas a través de las cortinas. No tienen mucha experiencia en este tipo de espectáculos pero el coreógrafo del grupo las tranquiliza con su imperturbable sonrisa.

Nadie ocupa las primeras filas. Los espectadores, todos blancos, todos franceses, todos por encima de la cincuentena. Ninguno está preparado para lo que van a ver en los próximos 45 minutos.

Por la esquina izquierda del escenario aparecen los primeros tambores que introducen un tema tradicional, mientras que por el centro cinco bailarines se colocan tumbados boca abajo. Durante la diástole del dumdum, los cuerpos reposan y los brazos se deslizan sobre las tablillas de madera, a la espera del golpe de tambor que marca la contracción del cuerpo y la elevación de los brazos. El ritmo se incrementa progresivamente y las dos únicas mujeres del grupo entran en escena, se miran, bailan, saltan y sudan ante la mirada inexpresiva del público. Las muchachas desaparecen y los que aún siguen en el suelo se levantan de un salto dejando a la vista, para sorpresa de todos los presentes, sus miembros amputados.

Un hombre joven sin una pierna, salta y da volteretas al son de los djembes. El ritmo ha subido, Mame Cheik hace un solo de djembe mientras otro muchacho, cuyas piernas sufrieron en la infancia un fuerte ataque de polio, gira sobre sus rodillas impulsado por las manos. Mira al público y marca con sus manos y su cabeza y sin error alguno el ritmo perfecto de los tambores. Entran de nuevo las bailarinas y el coreógrafo, y juntos hacen enrojecer a cualquiera que esté habituado a términos como “minusválido” o “movilidad reducida”. La danza es perfecta, vibrante. El escenario explota de energía. Los turistas no saben cómo actuar, incómodos algunos, fascinados otros.

Acabado el espectáculo los felicitamos, nos abrazamos unos a otros. Les recibimos entre aplausos y besos cuando salen uno a uno del vestuario. Por una vez se sienten estrellas, perciben nuestra admiración y nuestro respeto. Se hacen proyectos, seguramente un grupo así obtendría subvenciones en Europa, ¡grandes artistas y una labor de integración es-pec-ta-cu-lar! ¡Hay que celebrarlo! Pero esperemos a Mame Cheik, ha ido al despacho a cobrar la actuación. Ya viene. ¿Cuánto os han pagado? Trece mil francos… Eso son unos veinte euros, a repartir entre dieciocho personas… Y un hombre que ha venido a felicitarnos nos ha regalado una libreta y dos bolis.

Nos vamos a cenar algo con Mame Cheik y Mame Diarra. El resto se han ido a casa, tienen familia y llegan con las manos casi vacías. Mame Diarra protesta, se enfada por la situación. Mame Cheik la acepta como algo inevitable. Ella es blanca, es europea, también es bailarina y se da cuenta de la injusticia. Sabe lo difícil que es formarse, llegar a ser lo que es Mame Cheik, para ella es un maestro además del hombre al que ama.

Acabada la cena, Mame Cheik nos acompaña a casa, a nuestra maison de arena y caña. Nos despedimos y le vemos alejarse bajo la luna, pleno como ella. En paz.

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