El regreso

Pensaba continuar los post en el punto exacto donde los había dejado, eso es, en Dakhla, la última ciudad saharaui. Mi intención era contaros la historia de cómo habíamos atravesado la frontera para llegar a Mauritania, atravesando campos minados en tierra de nadie. Quería explicaros que los esqueletos de coches abandonados protegen de la vista a grupos de contrabandistas que hacen negocios entre las dos fronteras, lugar donde ninguno de los dos gobiernos, ni el mauritano ni el marroquí (que es el que controla administrativamente el territorio saharaui) tiene jurisdicción.

Quería contaros que conseguimos atravesar Mauritania sin demasiados problemas, que el secuestro de los dos cooperantes catalanes hace unos años hundió los incipientes proyectos turísticos y arruinó a los que habían apostado por esta vía para intentar salir de la precaria situación económica en la que se encuentran. Quería contaros que los mauritanos me parecieron rudos, duros y nobles. Quería contaros las aventuras de carretera, los mercados de camellos, el esfuerzo de los pescadores, la oración en la playa, los colores de la tarde en el mar, las dunas…las dunas…

Quería contaros que la cultura mauritana es la desembocadura de un inmenso río en el mar. Los árabes y los negros subsaharianos chocan, se mezclan, se agitan y reposan de la misma manera que el agua dulce se derrama sobre la sal oceánica.

Quería contaros también la manera en la que cruzamos la frontera entre Mauritania y Senegal. Os quería hablar de policía corrupta, de chantajes, de cómo ignoramos todos y cada uno de ellos durante el viaje, de los trucos que usamos para no dar ni un duro (ni una ouguiya, ni un franco,…) para no favorecer esos comportamientos corruptos, y de como aprendimos a no juzgarlos pero tampoco a justificarlos, actuando como creímos justo en cada situación.

Os hablaría de gente linda, Saint Louis, de Dakar, de lo mucho que odiamos la capital y acabamos encontrando ese encanto que tiene tan escondido, y que no es otro que el espíritu de los barrios de Yoff y Patte d’Oie (que curiosamente significa “cruce de caminos”), de la playa de Poponguine, de la basura y del plástico, de Arame, mi mamá senegalesa. De la danza, de la música, de la prostitución masculina, de parejas que se forman por amor, de parejas que se forman por dinero, de Rufisque, que es lo más feo que hay. De dormir en la cubierta de un barco, de descubrir que el río Casamance es la mejor “carretera” del país, del begue begue en wolof, de los baifales, de lo mucho y lo poco que pueden significar las lenguas.

Os contaría que durante las elecciones senegalesas los blancos escaparon o se recluyeron en casa, y que solo los curiosos salimos a ver las celebraciones en la calle por la noche. Os explicaría, y quizá os explique más adelante, lo que se siente al ser diferente por el color de la piel. Ser consciente de que uno es blanco, y sobre todo, ser consciente de que los demás saben que eres blanco. Os detallaría lo difícil que es trazar una ruta que se va cortando a ritmo de golpes de estado (primero en Malí, luego en Guinea Bissau), y como las dudas y los miedos sucumben ante el inagotable, infinito y a veces traicionero sentimiento de curiosidad.

Os tendría que explicar miles de cosas en al menos una decena de post solamente para llegar al punto donde comenzaron los problemas, una especie de “principio del fin”, los acontecimientos que nos ha traído de vuelta a casa, tras tomar la dolorosa decisión de abandonar en aras de un bien superior, que es el de restablecer la salud.

Así que a partir de aquí os cuento el por qué de nuestro regreso inesperado, con pelos y señales.

Todo empieza en Kolda, la ciudad más calurosa que he conocido en mi vida…

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Noche en El Aaiún

Autorretrato complicado sobre el techo de un coche

Autorretrato complicado sobre el techo de un coche

El cielo de El Aaiún amaneció cubierto de una fina capa de polvo que fue despejándose a medida que avanzaba la mañana. Habíamos encontrado un albergue baratísimo (un par de euros por persona y noche) donde darnos una ducha y dejar las mochilas para caminar tranquilos por la ciudad. Era viernes, y hasta pasadas las dos de la tarde todo se ralentiza para que los habitantes puedan acudir a la mezquita. El viernes es el día de la semana más importante para un musulmán, y el más suculento para nosotros, pues es el “Couscous day”, nombre con el que hemos bautizado al día en el que sirven enormes porciones de nuestro plato favorito de la zona.

A medida que pasan las  semanas vamos percibiendo los cambios en el clima. Empezamos el viaje el 19 de enero y el frío fue una constante en nuestra estancia en Marruecos. Al Sahara hemos llegado en Marzo y la primavera se asoma tímida unos días, implacable otros.

El couscous se nos subió a la cabeza nada más salir del bar bajo la solana de las tres de la tarde. Aturdidos por la brusquedad del cambio de temperatura entre el local y el exterio,r nos tambaleamos hasta la calle Mekka para coger un taxi colectivo.

Este tipo de taxis son una institución en todo el planeta salvo, claro está, en “occidente”. Son más que económicos, eficaces y absolutamente lógicos. El taxi, que ya transporta o no a otras personas, para si aún le queda alguna plaza libre. El cliente le indica la dirección que le interesa y si el taxi va hacia allí, se monta. Obviamente la gente se coloca de manera estratégica para encontrar un taxi que les lleve al destino deseado.

El nuestro nos dejó en una esquina a dos calles del albergue. Subimos a la habitación y nos desplomamos sobre la cama. Una hora más tarde tuve que sacudirme los restos de la siesta para poder salir a la calle. El cansancio se acumula y hay que aprender a vivir con una ligera pero constante sensación de sueño. La modorra se vuelve incómoda a la hora de conocer gente nueva.

Apenas salí de león, mi amigo Matu empezó a movilizara sus  contactos con la intención de facilitarnos en todo lo posible el camino, especialmente en el Sahara. Cuando me habló de Rafa me aseguró que era una persona de plena confianza. El día que lo conocí tenía las expectativas muy altas. Y también mucho sueño, pero la conversación fue tan fluida que, cuando nos dieron las dos de la madrugada, prácticamente fue él el que nos obligó a irnos a la cama.

Rafa y sus amigos comparten una característica muy especial: son capaces de verse desde fuera, una condición imprescindible para reírse de sí mismo. El poder de la risa radica en que es el último paso del entendimiento. Así, por ejemplo, un chiste no termina si no con la risa del público. Se plantea un problema, se mantiene la tensión, se desvela una solución brillante e imaginativa, y la mente y el alma del receptor se vuelven claras y cristalinas durante la carcajada. La risa libera más que el llanto, aunque no se excluyen. La risa supera las lágrimas porque es más poderosa y respetuosa. Por eso percibimos como positivo llorar de la risa y como negativo reírse del llanto.

En ese grupo de cuatro tuve la sensación de que se aceptaba cada planteamiento, nudo y desenlace. La economía, la tradición, los sueños, el amor y el desamor, todo acabado en risa. Se tocaron temas complicados esa noche, muchos y variados y me costó menos  exponer opiniones cuestionables que en reuniones culturalmente más cercanas. Todo ello mientras volaba las explicaciones en inglés, español y hassania.

Nos llevaron al hotel, en el que nos habíamos dejado abierta la puerta de la habitación. Como la buena estrella viaja dentro de nuestra mochila, el encargado se dio cuenta y  bloqueó la cerradura con un cartón, y esperó despierto hasta que aparecimos, con toda la tropa a altas horas de la noche. Besos y abrazos para irnos a dormir cuatro horas escasas antes de coger el autobús a nuestro siguiente destino, a unos 500 kilómetros de distancia.

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Leer las noticias cabrea

Siento interrumpir el orden lógico de los post de este blog, pero ha llegado un punto en el que no hacerlo sería hipócrita. Cuando hablo con las personas que quiero me preguntan cómo estoy e, implícita, va la pregunta “¿en qué ocupas tu mente?”.

A lo largo de todo el viaje he intentado seguir informada de la situación en España y en el resto del mundo adecuando mis fuentes informativas a los lugares que visito. Al abrir los diarios digitales españoles cada día me doy cuenta de que el país, efectivamente, va en picado. Pero no arrastrado por una crisis económica como intentan hacernos creer, cada vez con menos éxito, sino por una corte de oportunistas que consideran que es éste y no otro el momento de imponer sus reglas para aumentar sus privilegios.

La reforma penal castigará los que se opongan “violentamente” a la sangría del país. No olvidemos que será la misma policía que apalea a menores, mata con pelotas de goma, detiene periodistas y gasea manifestantes la que decidirá si la protesta es o no violenta. La resistencia pasiva o activa a la autoridad se equiparará a la pertenecía a una banda criminal. No importa si a lo que se resisten los ciudadanos es una injusticia, lo importante es mantener el orden público.

¡Sonrían señoras y señores, e intenten pensar en algo bonito! Cuanto mayores sean las injusticias en un país menos espacio se le debe dejar a la indignación y al espíritu crítico. Lo único que debemos mostrar al exterior son nuestros blancos dientes (la próxima generación no podrá costearse una sonrisa como la nuestra) tal y como lo hacen en los países del tercer mundo. ¡Mírenlos, tan pobres pero tan felices! ¡Quien fuera como ellos! Tranquilos, dentro de poco se cumplirá será fácil cumplir ese deseo, y por fin nos daremos cuenta de que ese topicazo no hay por dónde cogerlo. Al fin y al cabo los países pobres le deben su situación a los corruptos de sus políticos, a los corruptos de nuestros políticos, y a toda la retahíla de instituciones y multinacionales que se frotan las manos mientras el agua ya nos va llegando a la altura del pecho. Por  los países (que dice la ONU) que son pobres, ya pasó el FMI firmando recetas e imponiendo rescates. Y sino que se lo pregunten a sus habitantes aunque probablemente los más jóvenes, víctimas de los recortes del sistema educativo no sepan nada de ello. Estos recortes (palabra de moda pero concepto más que conocido) provocan en la sociedad  un efecto amnésico imprescindible para aceptar la situación.

Un buen amigo me reprochó desde el cariño que utilizase este blog como lanzadera de opiniones “indignadas” en lugar de extenderme en los detalles íntimos del viaje. Pues bien, mi querido Diego, y sabes que lo de querido te lo digo de todo corazón, en este viaje respiro, como, y sueño la misma indignación (por no decir puteo) que en casa.

Las dictaduras son muy poco creativas y la escasa imaginación que les queda la usan para inventar mentiras. La mentira que nos quieren hacer tragar es que con sus fórmulas todos volveremos a ser felices y a ir cabreados por la vida (recuerden, solo sonríen los pobres. La gente de los países ricos debe ser seria y aburrida) cuando en realidad saben que nos llevan de cabeza por el mismo camino que han llevado a nuestros vecinos más “desfavorecidos”.

Llegan, arrasan y se van, como las plagas. Se van buscando nuevos campos, y dejan a su paso tierra quemada que tarda muchas generaciones en volver a ser fértil. Ahora, piensan, es tiempo de regar a las “potencias emergentes” y chupar los restos de savia mediterránea para dentro de medio siglo o quizá menos, buscar nuevas tierras y repetir el proceso.

Pero la tierra es finita, inmensa pero finita. Pocos lugares quedan ajenos a la basura humana, a las explotaciones petrolíferas, a las minas. Pocos acuíferos intactos, pocos bosques primarios. Los recursos son limitados y desde el FMI nos dicen que vivimos demasiado mientras se ponen los guantes para asfixiar a los más longevos, los que no producen y solo gastan, esperando que el resto se suiciden solitos, que es más rápido y barato. Y el que no se lo crea, que vea las estadísticas de suicidios en Grecia e Italia en los últimos meses.

En España la sinceridad de algunos políticos es abrumadora. Prueba de ello son las palabras del conseller de interior catalán, Felip Puig, que nos advierte de que la gente debería tenerle más miedo al sistema. Su afirmación merecería una felicitación ya que es una de las pocas verdades que han salido de su boca. Lástima que su intención haya sido amenazar en lugar de advertir a la población de que el sistema que él mismo representa es dañino, y de que deberíamos utilizar todo nuestro potencial en explorar nuevas formas de organización.

Se habla mucho del nacimiento de una conciencia colectiva nunca vista hasta ahora, fruto del desarrollo de nuevas formas de comunicación, que permite el intercambio entre sociedades más allá del clásico concepto de nación. Yo creo que las consecuencias de esta relación son y serán positivas para las generaciones futuras, pero también creo que mantener la libertad que permita el desarrollo de esa conciencia nos va a costar sangre y sudor. Las lágrimas, al igual que la risa, acompañan a los pueblos en su lucha independientemente de su renta per cápita.

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Camino a El Aaiún

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Cien kilómetros se recorren en dos días

La frontera entre Marruecos y el Sahara Occidental  aparece borrosa como el horizonte al mediodía. En los límites, no definidos,  las líneas se difuminan y el aire se vuelve denso. A lo largo de la carretera se intensifican los controles policiales. El espacio es vasto e inabarcable, y una única carretera conecta las escasas poblaciones entre sí.  Adentrarse en el desierto requiere unos conocimientos y unos medios que no están al alcance de cualquiera, y el ejército marroquí lo sabe.

Recorremos a pie los dos kilómetros que separan Tarfaya de la carretera principal. Es viernes por la mañana y en el pueblo los hombres se dirigen a la mezquita mientras las mujeres se encargan de las tareas domesticas. Nos separan poco más de cien kilómetros de El Aaiún, capital del Sahara, fundada por los españoles para controlar las minas de fosfatos.

En 1975, la Marcha Verde puso fin al dominio español en la zona y supuso el inicio de la descolonización, todavía inconclusa, del Sahara Occidental.  Marruecos aprovechó la salida de los españoles para ocupar el territorio, lo cual desencadenó una guerra con el Frente Polisario (el gobierno saharaui), que tuvo que exiliarse a la vecina Argelia junto con una buena parte de la población. Hoy, un muro de casi tres mil kilómetros rodeado de minas separa los territorios ocupados de los campos de refugiados. Es el llamado “muro de la vergüenza”.

Marruecos se apropió del territorio rico en minerales, petróleo y con abundante reservas pesqueras, siguiendo un modelo similar al de otras ocupaciones históricas. El gobierno marroquí ha invertido desde entonces más de mil millones de euros en infraestructuras que le permiten explotar las riquezas y controlar la región. Tras la guerra con el Frente Polisario, Rabat promovió el asentamiento de ciudadanos marroquíes en El Aaiún y Dakhla, las ciudades principales, brindándoles beneficios fiscales y proporcionando vivienda y sustento a las clases más bajas. De esta manera, como haría Franco en Cataluña promoviendo la emigración andaluza, extremeña y murciana, Marruecos resolvía dos cuestiones de un plumazo: por un lado evitaba las revueltas populares en las ciudades del norte, descontentas con un sistema que perpetuaba la pobreza, y por el otro, diluía la población saharaui hasta convertirla en menos del 40% de la población total en el Sahara.

Tanto el pueblo saharaui como el marroquí cuentan con una larga historia, rica en tradiciones y culturalmente compleja, pero la actual situación de ocupación coloca a la cultura autóctona en inferioridad de condiciones. Los saharauis comparten lengua y muchos rasgos culturales con los mauritanos y otros pueblos del interior del desierto. El darija, la lengua marroquí, ha superado al hassania en número de hablantes en las ciudades, y aunque ambos pueblos conviven, en el ambiente se respira la desconfianza. Las relaciones entre marroquíes y saharauis rara vez superan la barrera laboral o del comercio.

En el arenoso arcén de la carretera que lleva a El Aaiún dejamos caer pesadamente las mochilas. No habían pasado ni cinco minutos cuando un Nissan Patrol gris con varias generaciones de propietarios a su espalda paró unos pocos metros más allá.

-“¿Franceses o españoles?”

-“Españoles”, contestamos.

-“¡Subid!”

La nacionalidad marca en muchas ocasiones la primera reacción del interlocutor, como si las tapas del pasaporte determinasen la personalidad, la historia y la honestidad de su dueño. La suerte decide si la persona que interroga será amable u hostil al oír la respuesta. En ocasiones, uno se encuentra a merced de los desmanes o de los aciertos históricos de su patria.

Subimos al coche de Rachid, que con 61 años se considera un viejo. Charlamos durante el trayecto hasta que a un lado de la carretera apareció un nutrido grupo de dromedarios. Nuestro piloto se salió de la calzada y se adentró medio kilómetro en el desierto para que pudiésemos sacar unas fotos. Después preparó el té en una hoguera de ramitas secas y carbón. Aprendimos así nuestra primera lección sobre el té saharaui: no se prepara en otro fuego que no sea el de carbón.

Después de una parada de media hora bajo el sol a la una de la tarde, continuamos hacia El Aaiún. Poco antes de la entrada a la ciudad hay un puesto de control militar. Rachid no tenía ganas de dar explicaciones a cerca de nuestra presencia y,  ni corto ni perezoso, se salió de la carretera nuevamente y pasó el control por detrás, a unos 200 metros de la garita.  Oscar  y yo nos miramos, blancos. Saltarse un control implica que se quiere ocultar algo, o eso entendería la policía militar que seguramente nos vio dentro del coche. Rachid se reía a carcajadas. Ésta era su forma de rebelión. Poco después nos invitó a comer en su casa con la promesa de llevarnos por la tarde a la capital. Aceptamos y ahí empezó nuestro “cautiverio”.

La casa de Rachid está a seis kilómetros de la ciudad en mitad de la nada. Entramos en su casa y nos relajamos tumbados en el suelo de la casa. Los salones saharauis se diferencian de los occidentales en que no hay sofás, sino alfombras, jarapas y mullidas colchonetas, ya que su vida doméstica se desarrolla un metro por debajo de la nuestra. Para mí, que siempre me siento en el suelo, es comodísimo.

Rachid nos explicó que ésta era la casa de campo y que su mujer, la segunda, estaba en la ciudad. La primera murió dejando dos niños pequeños que se sentaron con nosotros a la mesa. Todo giraba en torno al cabeza de familia, cuya opinión es indiscutible para los más jóvenes. Yo me aventuraba en el debate de vez en cuando, para animar la conversación, lo cual no pareció incomodarle. Pasamos horas tomando el té, incluso el vecino mató un conejo para la cena. Luego, más té. Y más todavía.

Nos invitaron a dormir y aunque intentamos declinar la proposición, no fuimos capaces. Al caer la noche no quedaba más que viento y oscuridad. Nos cedieron la única habitación de la casa mientras que Rachid, los niños y el vecino dormían en la sala. A pesar de que estábamos tremendamente agradecidos por la hospitalidad nos empezaron a asaltar las dudas. Nos dijeron que al día siguiente tendríamos que quedarnos también, nos interrogaron sobre el motivo del viaje y la ruta a seguir, nos hospedaron a pesar de que queríamos llegar por la noche a la ciudad,…

Al exceso de atenciones a las cuales no estábamos acostumbrados,  se le sumó la paranoia creada antes y durante el camino entorno a los secuestros en Mauritania (faltan casi mil kilómetros pero la mente juega malas pasadas), así que esa noche apenas conseguimos conciliar el sueño.

-“Oscar, ¿estás dormido?”. No le veía la cara en medio de la oscuridad.

-“No”.´

-“Oye, nadie sabe  que estamos aquí porque se ha saltado el control. ¿Y sí se ha puesto en contacto con alguien y nos retiene hasta que vengan a cogernos?”

-“¿Tú crees?.

-“La verdad es que no. Se meterían en un lio con los marroquíes. No nos podrían sacar por el desierto ni por carretera. Está el muro, los controles…. A no ser que paguen a alguien del ejército… “

-“Ostia…”

Einstein dijo que el universo tiene fin, la estupidez humana no. Después de una noche de complots y escasas horas de sueño ligero, nos dieron un estupendo desayuno y nos llevaron al centro. Rachid, aunque muy insistente, no tenía ninguna intención de secuestrarnos. Su exagerado interés hacia nosotros (que manifestó con 17 llamadas perdidas a mi móvil a lo largo del día) tenía que ver con unos papeles que esperaba que le arreglásemos en Madrid. “Si el Sahara fue colonia española tiene que haber un registro que dice que soy ciudadano español”. Traté de explicarle que el gobierno español no era tan considerado en estas cuestiones como él esperaba, pero solo aceptó por respuesta un “veremos qué se puede hacer”. Por delante teníamos un nuevo día… y a la vista muchos más kilómetros.

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El Sahara en autostop

Me levanté sin ganas de pagar por el transporte. Puede parece que tengo mucho morro, pero no obligo a nadie a llevarme. Lo bueno del autostop es que solo te va a recoger quien de verdad quiera hacerlo.

Si pienso en los 225 kilómetros que separan Tan Tan de Tarfaya comprendo que un conductor solitario vea en los autostopistas una solución contra el aburrimiento. El autostop es, además, un medio de transporte consolidado en todo el planeta, solidario y ecológico si tenemos en cuenta los miles de coches que cada día discurren por las ciudades europeas con un solo ocupante. Por supuesto que también en Europa la gente hace dedo, pero hay que tener en cuenta ciertas diferencias técnicas:

en España, por ejemplo, necesitas llevar un cartelito o un folio en el que se lea claramente cuál es tu destino. La letra ha de ser clara ( lo más lógico es usar mayúsculas y evitar las florituras ya que los conductores solo tienen unos segundos para verte, leer, atender al tráfico, decidir si te recogen, escoger un lugar seguro y parar. Así que hay que ponérselo fácil).

En el Sahara, por ejemplo, no necesitas el cartel. La gente conduce más despacio, y a menudo solo hay una carretera, sin cruces ni distracciones y el tráfico es escaso, por lo que con señalar hacia el lugar donde quieres ir, o sea, en sentido de la carretera, es suficiente.

El lugar para colocarse también es importante. En Europa te debes colocar a la salida de una autovía o en una incorporación si quieres hacer muchos kilómetros de una tirada. Hay que tener en cuenta que por lo general tardan más en recogerte pero avanzas más deprisa. Normalmente los autoestopistas se colocan en las carreteras nacionales, donde la probabilidad de que algún vehículo decida recogerlo es más alta. Se avanza más despacio, en trayectos de pocos kilómetros puesto que los conductores se mueven de una localidad a otra vecina, pero se disfruta de la posibilidad de conocer pueblos que de otra manera no se visitarían.

Fuera de Europa, en zonas poco habitadas, es fácil encontrar una carretera nacional que une puntos alejados varios cientos de kilómetros, y solo es necesario colocarse en la carretera en el sentido que interesa. En todas partes es posible esperar en una gasolinera. Y también en todas partes paran más los conductores que las conductoras.

En Europa suele ser más cómodo porque paran coches o furgonetas. En otros lugares paran camionetas, pickups y no es raro ir sentado sobre la carga de un camión. Es más pintoresco. Sobre todo cuando llueve.

Los europeos tenemos más en cuenta los equipajes a la hora de recoger a alguien. Una mochila se transporta mejor que las cajas o las maletas. Una persona sin equipaje puede provocar desconfianza. Y el aspecto es importante: prefieren recoger a alguien que parezca un participante del Pekín Express que a un trabajador recién salido de la obra. En Europa los emigrantes suelen ser muy considerados con el autoestopista.

Todo ésto se desprende de mi experiencia de mujer blanca acompañada de otras mujeres u hombres blancos. Me consta por observación directa que, por desgracia, todavía hoy es más fácil que me recojan a mí que a un subsahariano.

En el tramo que separa Tan Tan de Tarfaya nos recogieron dos hombres que regresaban del trabajo, nos cargaron en la caja de la furgoneta que, afortunadamente, iba vacía y tuvimos la suerte de disfrutar del paisaje sin más contratiempos que dos controles de policía. A nuestra izquierda (hacia el este), kilómetros y más kilómetros de desierto pedregoso. A la derecha (el oeste), los acantilados sobre el mar. Paramos a comer en un pueblo e invitamos a comer al conductor y a su acompañante, un pequeño gesto de agradecimiento ya que la policía no les habría parado si no llevasen a dos extranjeros.

Tarfaya está a unos dos kilómetros del cruce en el que nos despedimos. Empezamos a caminar, pasa una furgoneta, le hago un gesto con la mano, para, cargamos las mochilas….

Este pequeño pueblo de pescadores, como todos los de la zona, no existía antes de la llegada de los europeos. El primero en asentarse en este lugar de paso, fue Donald Mckenzie, un escocés del siglo XIX que construyó un puesto comercial de piedra sobre una roca en el mar. Cuando baja la marea se puede llegar caminando y cuando sube, la escena es irreal. Recuerda a una miniatura en ruinas de los castillos que los escoceses levantaban en lagos y playa y que solo son habitables por gente especia,l preparada para resistir la vida en duras condiciones de frío, viento y humedad.

Lo cierto es que viendo Tarfaya uno se da cuenta de que solo hay dos tipos de personas capaces de vivir allí: los nacidos y los emigrados resistentes a la soledad. Mckenzie fue uno de ellos, llevaba esta resistencia en su sangre escocesa. Sin embargo, de otros lugares llegaron espíritus tan fuertes como los de los autóctono, nómadas hasta que se fundó Tarfaya.

Es el caso del piloto y escritor francés Antoine de Saint-Exupery, cuya obra más famosa, El Principito, está fuertemente ligada a su estancia en el desierto. Sain-Exupery cubría la ruta postal entre Francia y Saint Louis en Senegal. El antiguo puerto pesquero de Tarfaya se llamaba Cap Juby y contaba con una oficina de correos dirigida por el escritor francés. Imagino que disponer de una avioneta proporcionaba al escritor cierta sensación de libertad. Todavía hoy las comunicaciones con Tarfaya se limitan a una carretera y a los pequeños barcos pesqueros, puesto que en 2007 se hundió el ferry que la conectaba por vez primera con la isla de Fuerteventura. La consecuencia fue el naufragio del proyecto turístico y del boom inmobiliario que dejó desparramados docenas de edificios de cemento a medio construir. Hacemos noche en Tarfaya. El pueblo no le hace merito a la belleza del mar.

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Tan Tan fotos

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Tan Tan es un nombre de playa

El Outia es un pequeño pueblo costero situado a 25 kilómetros de Tan Tan. Se le conoce también como Tan Tan plage, la playa de Tan Tan, y es la referencia turística de la zona, sobre todo en verano, cuando la gente del interior de la provincia escapa del calor en busca de la  brisa fresca del mar. La playa está limitada por un rompeolas natural al norte y unas rocas que forman una serie de piscinas naturales donde se alimentan las aves, al sur. En cada extremo, sendos bares de planta hexagonal. En la punta norte, entre el bar y la torreta de vigilancia que solo usan los chavales del pueblo para ver a los surfistas, hay un trozo de arena protegido del viento por un muro.

Hemos quedado allí a las siete y media con nuestros nuevos amigos. Encima de una toalla de flores rosas y amarillas están sentados preparando el té y fumándose unos porros. Una roca plana sirve de mesita y otras tres piedras rodean las brasas sobre las que se calienta el agua. Marco es italiano, los otros dos, del pueblo.

El TAV (Tren de Alta Velocidad) proyectado en el norte de Turín (Italia) pasará por la plantación de flores de lavanda de Marco. “Antes había un ambiente muy bonito, mucha unión contra el proyecto. Yo era muy tranquilo hasta que la policía empezó a cargar contra la gente. Ahora tengo tres máscaras antigás en casa”. Su madre, a la vista de las detenciones, le recomendó que se fuera unos meses en invierno mientras se calmaban los ánimos. “Mucha gente no ha recibido dinero por la expropiación. Han construido un muro y no puedes pasar a tus tierras o a los albergues rurales. Algunos llevamos meses sin poder trabajar y la tierra se echa a perder. Te piden el título de propiedad. Son nuestras tierras desde hace generaciones y ahora vienen desde el sur (Roma) a pedirnos un papel”.

H. le escucha mirando hacia abajo. Han hablado muchas veces sobre el tema y él también le ha contado su historia. La primera vez que intentó cruzar en patera hacia las Canarias (Lanzarote está a cuatro horas en línea recta) salió de El Aaiún, pero fue interceptado en alta mar y devuelto a tierra. La segunda vez partió desde su pueblo, treinta kilómetros al sur de El Outia, y pasó 38 días en un CIE (Centro de Internamiento para Extranjeros). “Si hubiese cumplido 41 días me habrían llevado a la península”. Pero le deportaron. La última vez zarpó desde Tarfaya y se quedó ocho años en las islas. Durante cuatro años, ilegal, luego se casó y consiguió los papeles. Tiene dos hijos que viven con él en su pueblo. Su mujer, dice, ha renunciado a la custodia. Hace dos años que su todavía esposa no ve a los niños. Intentará llevarles a Canarias este verano. El problema: fue detenido y cumplió condena por tráfico de drogas. La tramitación de su permiso de residencia y una orden de expulsión por cinco años se cruzaron y ahora está a la espera de que los abogados resuelvan su situación hacia uno u otro lado. Pasó tres meses en un hospital psiquiátrico, “cada día en la cárcel se me hacía como un año”. Desde que ha vuelto está más tranquilo, y también más aburrido. Recuerda los carnavales, las playas,…

A su izquierda M., pescador. Él también conoce la ruta hacia las Canarias. Fue detenido y condenado a tres años de cárcel por ser el capitán de una patera. “Si se hubiera ahogado alguien podrían haberme caído más de diez años”. Lo detuvieron y trasladaron a Alcalá Meco; de ahí a cumplir codena en la prisión de alta seguridad Villa de Hierro en Mansilla de las Mulas, a pocos kilómetros de León. Le digo que soy de allí. Se alegra, le trataron bien. “Cumplí un año y medio. Una vez superada la mitad de la condena, tus abogados pueden pedir el tercer grado”. Me explica la diferencia entre los módulos. Le cuento que conozco que trabaja allí con el grupo de teatro. “Yo pienso que fue una experiencia. Trabajaba en la cárcel e iba guardando el dinero para comprar tarjetas de teléfono y para cuando saliera. Las cárceles en España no son como aquí; aquí es mejor no meterse en política e ir a lo tuyo”. Después se fue a Asturias. Trabajó como transportista entre los pueblos de la cuenca minera y la costa. No tiene papeles. Sigue pescando unas tres noches por semana.

Acabamos el té y nos despedimos hasta mañana: iremos a la lonja, luego a comer una pizza a la casa de los vecinos. Me quedo pensando sobre las posibilidades laborales de la zona: he conocido pescadores, tenderos, traficantes, trabajadores turísticos, algún ganadero, artesanos… Voy a ducharme pero no hay agua en el albergue, tampoco había en el anterior. Cojo un folleto del Ministerio de Turismo marroquí: pluviosidad de la zona: 82mm; fauna: avutardas, hienas, chacales, dos especies de zorro; perspectivas de desarrollo: macro complejo turístico de 7500 camas, golf de 18 hoyos, aquapark, todo a cargo de una constructora egipcia que ha desbancado a la española Fadesa; visitantes en Tan Tan plage, una media de dos mil al año, la mayoría locales.

Pienso en la costa levantina, en los pelotazos urbanísticos, la burbuja que se infla y se desinfla, en los que se lleva por delante al hacerlo, en la inmigración. En el ser humano tropezando una y mil veces en la misma piedra… y haciendo tropezar a los demás.

 

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Casa en Rabat!

La medina de Rabat no es tan intrincada como la de Fez o Marrakech. Las calles, rectas, orientadas al mar, respiran. El mercado también es diferente: apenas se regatea, los vendedores no van en busca de los clientes si no que esperan pacientemente al comprador. Rabat es una ciudad administrativa y su economía se basa más en este aspecto que en el comercial. La Ville Nouvelle, la ciudad construida por los franceses en tiempos coloniales, representa una etapa intermedia entre el clasicismo de la medina y la modernidad estilo europeo de los barrios recién construidos. La nueva Universidad está conectada con el centro por un tranvía impecable, que pasa por delante de la gare de Rabat, la estación de tren que también está impoluta.

Nuestro primer contacto con la ciudad sin embargo, no tuvo lugar en un punto tan aséptico. Rabat, como buena capital, es cara así que buscamos un albergue acorde a nuestro presupuesto. Para la primera noche, visto que el hotelito donde nos queriamos hospedar estaba completo, escogimos un hotel sin baños situado en el costado oeste del mercado central. Nadie sabe los años que me ha costado orientarme en las ciudades mediante los puntos cardinales, eso que los latinoamericanos hacen con tanta naturalidad. El recepcionista era un viejo desganado que nos dejo escoger entre dos habitaciones que se asomaban a un patio interior con plantas. Elegimos la más limpia. Eso no quiere decir que estuviera completamente limpia. Dejamos nuestras cosas, nos fuimos dar una vuelta, a comer algo (moflete de camello en bocadillo) y volvimos para dormir. Pusimos los sacos sobre las camas, descubrimos que las sábanas las estiran pero no las cambian y dejamos que el olor a rancio fuera calando en nuestra ropa durante la noche. Por la mañana, a primera hora, nos cambiamos de hotel. Necesitamos dos lavadoras para sacarle el aroma a los sacos de dormir. Nuestro nuevo hogar no tenía nada que ver: una habitación sencilla, con cama de matrimonio, una mesita y una silla. El baño compartido, reluciente. El precio dentro de los límites.

Ahí nos quedamos cuatro noches, lo que tardamos en encontrar piso. El mejor sistema para encontrar una casa no son las agencias inmobiliarias, si no los porteros de los edificios que controlan a la perfección el movimiento en el interior de los portales. Saben quién se queda, quién se va, quién alquila y a qué precio. El asunto consiste en caminar por la calle y entrar a todos los recibidores o dirigirse directamente a los hombres sentados en sillas de plástico que vigilan el paso de los transeuntes. En cuánto más tiempo te vayas a quedar en la casa, más razonable el precio. Si solamente lo quieres para un mes, el precio del piso se dispara. Al final la solución nos llego por las redes sociales. En el grupo de facebook “location Rabat” encontramos una habitacion para quince días, compartiendo con un rabatí de 30 años que trabaja para Médicos sin Fronteras. Dos personas, dos semanas, mil dirhams, poco menos de cien euros.

Una vez establecidos en la nueva casa, empezamos el curso de francés con toda la ilusión del mundo. Las ganas se fueron disipando a medida que descubríamos por qué la profesora que nos habían asignado era la única que no tenía completo el horario de clases. No puedo decir que fuese mala persona, o mala profesora, no podía tener nada en contra a nivel personal, es solo que utilizaba un sistema obsoleto de enseñanza. Vamos, algo así como “a de araña”, “b de burro” y “la m con la a : maaaaa”. Rozando los treinta y habiendo explicado que buscábamos un curso orientado a dar unas nociones básicas de francés a dos viajeros, nos pareció un pitorreo. Eso sin contar que se saltaba las clases sin avisarnos. Hablamos con la academia, que nos devolvió el importe de las clases restantes y nos pidió disculpas. Y tan amigos.

La última semana discurrió en un oasis de paz y tranquilidad, en casa de las italianas y la española. Intercambiamos charlas, clases de yoga, comida y contactos y nos dedicamos a profundizar con nuestros nuevos amigos, Said y Ali, de los cuales escribiré largo y tendido apenas tenga la ocasión.

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Rabat

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